Nosotros
Nuestra Historia, Misión y Valores
Nuestra Misión
Nuestra misión es proclamar el evangelio de Jesucristo, formar discípulos fieles y servir con amor a nuestra comunidad, mostrando que en Él encontramos vida y esperanza.
Nuestra Visión
Nuestra visión es ser una comunidad donde el evangelio transforma vidas, se forman discípulos mediante la Palabra de Dios y servimos con amor a nuestra comunidad, mostrando que en Cristo hay vida y esperanza.
Nuestros Valores Fundamentales
Estos principios guían todo lo que hacemos como comunidad de la iglesia
Enseñanza Bíblica
Creemos que la Palabra de Dios es viva y eficaz, y por eso dedicamos tiempo a la predicación expositiva y al estudio fiel de las Escrituras, para que cada creyente crezca en conocimiento, fe y obediencia a Cristo.
Crecimiento Espiritual
Nuestro anhelo es que cada creyente sea moldeado por la Palabra y el Espíritu Santo, creciendo en carácter y santidad hasta reflejar la vida de Cristo. Como enseña la Escritura, "el que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo" (1 Juan 2:6).
Cómo Comenzó Nuestra Iglesia
La historia de cómo nuestra iglesia ha crecido y evolucionado a lo largo de los años
La iglesia inició en el hogar
Todo comenzó en la familia, reuniéndonos en casa para estudiar y orar en la Palabra de Dios. Era un tiempo sencillo pero profundo, donde buscábamos juntos la dirección del Señor.
La obra del Espíritu
Mientras perseverábamos en la oración y en el estudio bíblico, el Señor fue añadiendo personas. No fue por estrategias humanas, sino por la gracia divina que otros se unieron al grupo.
De reunión familiar a comunidad
Lo que empezó como un círculo íntimo de fe se transformó en una congregación. La Palabra compartida y la oración constante fueron el fundamento sobre el cual Dios edificó.
El crecimiento
Con cada nuevo hermano y hermana que se sumaba, el Señor iba formando Su iglesia. Así, nuestra historia es testimonio de que cuando se busca primero el Reino de Dios, Él añade lo demás.
Nuestros Inicios
Nuestra Actualidad
Declaración Doctrinal
Enseñamos que la Biblia es la revelación escrita de Dios al hombre, y que los sesenta y seis libros del Antiguo y Nuevo Testamento, dados por inspiración del Espíritu Santo, constituyen la Palabra de Dios. Es decir, enseñamos la inspiración verbal plenaria de la Escritura: cada palabra es igualmente soplada por Dios en todas sus partes (1 Corintios 2:7–14; 2 Timoteo 3:16; 2 Pedro 1:20–21). Enseñamos que la Palabra de Dios es una revelación objetiva y proposicional (1 Tesalonicenses 2:13; 1 Corintios 2:13), infalible (Juan 10:35) y absolutamente inerrante en los documentos originales, libre de todo error, fraude o engaño (Salmo 12:6; 119:160; Proverbios 30:5). Enseñamos que la Biblia constituye la única regla infalible de fe y práctica, y es verdadera y confiable en todos los asuntos que aborda (Mateo 5:18; 24:35; Juan 10:35; 16:12–13; 17:17; 1 Corintios 2:13; 2 Timoteo 3:15–17; Hebreos 4:12; 2 Pedro 1:20–21). Enseñamos que Dios habló en su Palabra escrita mediante un proceso de doble autoría. El Espíritu Santo supervisó a los autores humanos de tal manera que, a través de sus personalidades y estilos, escribieron la Palabra de Dios sin error en todo ni en parte (Mateo 5:18; 2 Timoteo 3:16). Enseñamos la interpretación literal, gramatical e histórica de la Escritura, que afirma que, aunque puede haber varias aplicaciones de un pasaje, solo hay una interpretación verdadera. El significado de la Escritura se encuentra aplicando diligentemente este método con la ayuda de la iluminación del Espíritu Santo (Juan 7:17; 16:12–15; 1 Corintios 2:7–15; 1 Juan 2:20). Es responsabilidad de los creyentes discernir cuidadosamente la intención y el significado verdadero de la Escritura, reconociendo que su aplicación correcta es obligatoria para todas las generaciones. La verdad de la Escritura juzga al hombre; nunca el hombre juzga la Escritura. Enseñamos que esta interpretación literal afirma que Dios creó el mundo en seis días literales de veinticuatro horas (Génesis 1:1–2:3; Éxodo 20:11; 31:17), que creó especialmente al hombre y a la mujer (Génesis 1:26–28; 2:5–25), y que definió el matrimonio como un pacto de por vida entre un hombre y una mujer (Génesis 2:24; Mateo 19:5; Malaquías 2:14). La Escritura enseña que toda actividad sexual fuera del matrimonio es abominación delante del Señor (Éxodo 20:14; Levítico 18:1–30; Mateo 5:27–32; 19:1–9; 1 Corintios 5:1–5; 6:9–10; 1 Tesalonicenses 4:1–7).
Enseñamos que hay un solo Dios vivo y verdadero (Deuteronomio 6:4; Isaías 45:5–7; 1 Corintios 8:4), eterno (Apocalipsis 1:8), infinito (Job 11:7–10), Espíritu absoluto (Juan 4:24), sin partes (Éxodo 3:14; 1 Juan 1:5; 4:8), perfecto en todos sus atributos, incluyendo incomprensibilidad (Romanos 11:33), omnisciencia (1 Juan 3:20), omnipotencia (Génesis 18:14), omnipresencia (Salmo 139:7–10), inmutabilidad (Malaquías 3:6) y aseidad (Éxodo 3:14; Juan 5:26). Enseñamos que este Dios es uno en esencia, eternamente existente en tres Personas coiguales y consustanciales: Padre, Hijo y Espíritu Santo (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:14). Cada uno es distinto, no creado, y igualmente digno de adoración y obediencia.
Enseñamos que Dios el Padre, la primera Persona de la Trinidad, ordena y dispone todas las cosas conforme a su propósito y gracia (Salmo 145:8–9; 1 Corintios 8:6). Es Creador de todas las cosas (Génesis 1:1–31; Efesios 3:9), soberano en creación, providencia y redención (Salmo 103:19; Romanos 11:36). Su paternidad se manifiesta tanto en la Trinidad como en su relación con la humanidad. Como Creador, es Padre de todos los hombres (Efesios 4:6), pero es Padre espiritual solo de los creyentes (Romanos 8:14; 2 Corintios 6:18). Ha decretado todas las cosas para su gloria (Efesios 1:11), sostiene y gobierna todas las criaturas y eventos (1 Crónicas 29:11). En su soberanía no es autor ni aprobador del pecado (Habacuc 1:13; Juan 8:38–47), ni elimina la responsabilidad moral de las criaturas (1 Pedro 1:17). Ha elegido desde la eternidad a los que salvará (Efesios 1:4–6), y adopta como hijos a los que vienen a Él por la fe en Cristo (Juan 1:12; Romanos 8:15; Gálatas 4:5).
Enseñamos que Jesucristo, la segunda Persona de la Trinidad, es Dios eterno, coigual y consustancial con el Padre, poseedor de todas las perfecciones divinas (Juan 1:1; 10:30; 14:9). Toda la creación vino a existir por medio de Él (Juan 1:3; Colosenses 1:16; Hebreos 1:2) y es sostenida por Él (Colosenses 1:17; Hebreos 1:3). En la encarnación, el Hijo eterno tomó naturaleza humana sin pecado (Filipenses 2:5–8; Hebreos 4:15). Fue concebido por el Espíritu Santo y nacido de la virgen María (Lucas 1:35; Gálatas 4:4–5). Así, dos naturalezas completas y distintas —divina y humana— se unieron en una sola persona, Jesucristo, el único mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:5). Cristo cumplió la redención mediante su muerte voluntaria y sustituta en la cruz (Isaías 53:3–6; Juan 10:15; Romanos 3:24–25; 1 Pedro 2:24). Por su sacrificio, el creyente es liberado del castigo, del poder y, finalmente, de la presencia del pecado, declarado justo y adoptado como hijo de Dios (Romanos 5:8–9; 2 Corintios 5:14–15). Su resurrección corporal asegura nuestra justificación y vida eterna (Mateo 28:6; 1 Corintios 15:12–23). Ascendido al cielo, intercede como nuestro Abogado y Sumo Sacerdote (Romanos 8:34; Hebreos 7:25). Jesucristo volverá para recibir a su iglesia y establecer su reino (Hechos 1:9–11; 1 Tesalonicenses 4:13–18; Apocalipsis 20). Él es el Juez de todos los hombres (Juan 5:22–23).
Enseñamos que el Espíritu Santo, la tercera Persona de la Trinidad, es Dios eterno, coigual y consustancial con el Padre y el Hijo (Mateo 28:19; Hechos 5:3–4). Posee todos los atributos divinos: eternidad (Hebreos 9:14), omnipresencia (Salmo 139:7–10), omnisciencia (Isaías 40:13–14), omnipotencia (Romanos 15:13) y verdad (Juan 16:13). El Espíritu Santo es una persona divina que piensa (1 Corintios 2:10–13), habla (Hechos 28:25–26), decide (1 Corintios 12:11) y puede ser entristecido (Efesios 4:30). Su obra incluye la creación (Génesis 1:2), la encarnación (Mateo 1:18), la revelación escrita (2 Pedro 1:20–21) y la salvación (Juan 3:5–7). Desde Pentecostés (Hechos 2:4), el Espíritu edifica la iglesia, convence al mundo de pecado, glorifica a Cristo y transforma a los creyentes (Juan 16:8–14; Romanos 8:29). Él regenera (Tito 3:5), bautiza en el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:13), mora en los creyentes (Romanos 8:9), los santifica (2 Corintios 3:18), instruye (1 Juan 2:20), capacita (1 Corintios 12:4–9) y los sella para la redención (Efesios 1:13). El Espíritu Santo dio dones a la iglesia para su edificación (1 Corintios 12:4–11). Los dones milagrosos de señales y lenguas fueron temporales en la era apostólica para autenticar el mensaje, y ya han cesado (1 Corintios 13:8–10; Hebreos 2:3–4). Hoy, el Espíritu distribuye dones de servicio para la edificación mutua (Romanos 12:6–8).
Enseñamos que el hombre fue creado directamente por Dios (Génesis 2:7) a su imagen y semejanza (Génesis 1:26–28; 5:1; Santiago 3:9), libre de pecado (Génesis 1:31) y dotado de naturaleza racional, inteligencia, voluntad y responsabilidad moral hacia Dios (Génesis 2:15–25). Enseñamos que la humanidad fue creada como varón y mujer, sexos distintos, definidos biológicamente y otorgados por Dios desde la concepción (Génesis 1:27; Job 3:3; Salmo 139:13–14; 1 Corintios 11:3–15). Intentar confundir o alterar los sexos es abominación delante de Dios (Levítico 18:22; Deuteronomio 22:5; Romanos 1:26–27; 1 Corintios 6:9–10). El propósito de Dios al crear al hombre fue que glorificara a Dios, disfrutara de su comunión, viviera conforme a su voluntad y cumpliera su propósito en el mundo (Isaías 43:7; 1 Corintios 10:31; Colosenses 1:16; Apocalipsis 4:11).
Enseñamos que en el pecado de Adán, al desobedecer la voluntad revelada de Dios, el hombre perdió su inocencia, incurrió en la pena de muerte espiritual y física, quedó bajo la ira de Dios y se volvió inherentemente corrupto, incapaz de elegir o hacer lo que agrada a Dios sin su gracia. El hombre está perdido sin esperanza, y su salvación depende enteramente de la obra redentora de Cristo (Génesis 2:16–17; 3:1–19; Juan 3:36; Romanos 3:23; 6:23; Efesios 2:1–3). Enseñamos que todos los hombres estaban en Adán como representante de la humanidad, por lo cual la culpa del pecado fue imputada y una naturaleza corrupta transmitida a toda la humanidad, excepto a Jesucristo (Romanos 5:12, 18–19; 1 Corintios 15:22). Todos son pecadores por naturaleza, por elección y por declaración divina (Salmo 14:1–3; Jeremías 17:9; Romanos 3:9–18, 23).
Enseñamos que la salvación es enteramente obra de Dios por gracia, sobre la base de la redención lograda por Jesucristo —tanto por su vida de perfecta justicia como por su sangre expiatoria— y no por méritos o obras humanas (Juan 1:12; Romanos 5:18–19; Efesios 1:7; 2:8–10; 1 Pedro 1:18–19).
Enseñamos que la elección es el acto soberano de Dios por el cual, antes de la fundación del mundo, escogió en Cristo a todos aquellos que serían regenerados, salvados y santificados (Romanos 8:28–30; Efesios 1:4–11; 2 Tesalonicenses 2:13; 1 Pedro 1:1–2). La elección soberana no contradice la responsabilidad del hombre de arrepentirse y creer en Cristo (Juan 3:18–19, 36; Apocalipsis 22:17). Todos los que el Padre eligió vendrán en fe, y todos los que vienen en fe serán recibidos (Juan 6:37–40, 44). La elección no depende de obras humanas ni de fe prevista, sino únicamente de la gracia y misericordia de Dios (Romanos 9:11, 16; Efesios 1:4–7).
Enseñamos que el Señor Jesús, por su obediencia perfecta y su sacrificio ofrecido a Dios mediante el Espíritu eterno (Hebreos 9:14; 10:14), satisfizo plenamente la justicia de Dios (Hebreos 2:17), propició su ira (Romanos 3:25–26), reconcilió a los creyentes (Romanos 5:10) y aseguró una herencia eterna en el reino de los cielos (Hebreos 9:15).
Enseñamos que la regeneración es una obra sobrenatural del Espíritu Santo, por la cual se concede nueva naturaleza y vida espiritual (Juan 3:3–7; 2 Corintios 5:17; Tito 3:5). Es instantánea y ocurre por el poder del Espíritu mediante la Palabra de Dios (Juan 5:24; 1 Pedro 1:23). El pecador arrepentido responde en fe a Cristo gracias a esta obra (1 Juan 5:1).
Enseñamos que la justificación es el acto de Dios en el cual declara justos a los que, por su gracia irresistible, se arrepienten y creen en Cristo (Romanos 3:22, 26; Gálatas 2:16). La justificación consiste en la imputación de nuestros pecados a Cristo (Colosenses 2:14; 1 Pedro 2:24) y la imputación de su justicia a nosotros (2 Corintios 5:21), recibida por la fe sola, aparte de obras (Romanos 3:28; 5:1).
Enseñamos que todo creyente es santificado en el momento de la conversión (Hechos 20:32; 1 Corintios 1:2, 30). Esta santificación es posicional e instantánea. También enseñamos que existe una santificación progresiva, por la cual el creyente es conformado cada vez más a la imagen de Cristo mediante la obediencia a la Palabra y el poder del Espíritu (Romanos 6:1–22; 2 Corintios 3:18; 1 Tesalonicenses 4:3–4). El creyente vive en conflicto diario contra el pecado, pero el Espíritu provee victoria. La erradicación total del pecado en esta vida es imposible, pero la santificación progresa hasta la glorificación final (Gálatas 5:16–25; Filipenses 3:12; 1 Juan 3:2).
Enseñamos que todos los redimidos son guardados por el poder de Dios y están seguros en Cristo para siempre (Juan 10:27–30; Romanos 8:31–39; 1 Pedro 1:5). La verdadera salvación se manifiesta en frutos dignos de arrepentimiento y obediencia (Efesios 2:10; 2 Corintios 3:18). Los que abandonan la fe demuestran que nunca fueron verdaderamente salvos (1 Juan 2:19).
Enseñamos que la separación del pecado es un llamado claro en toda la Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, y que en los últimos días la apostasía y la mundanalidad aumentarán (2 Corintios 6:14–7:1; 2 Timoteo 3:1–5). Enseñamos que, por gratitud a la gracia inmerecida de Dios y porque nuestro Señor es digno de nuestra total consagración, los creyentes deben vivir de manera que reflejen amor y obediencia a Dios, sin traer reproche sobre Cristo. La separación de toda apostasía religiosa y de prácticas mundanas y pecaminosas es un mandato divino (Romanos 12:1–2; 1 Corintios 5:9–13; 1 Juan 2:15–17). Enseñamos que los creyentes deben estar consagrados a Cristo (Hebreos 12:1–2), viviendo en obediencia y santidad, reflejando las bienaventuranzas (Mateo 5:2–12) y buscando continuamente la santidad (Hebreos 12:14; Tito 2:11–14).
Enseñamos que todos los que ponen su fe en Jesucristo son colocados inmediatamente por el Espíritu Santo en un solo cuerpo espiritual: la iglesia (1 Corintios 12:12–13), la novia de Cristo (Efesios 5:23–32; Apocalipsis 19:7–8), de la cual Cristo es la cabeza (Colosenses 1:18). La formación de la iglesia comenzó en Pentecostés (Hechos 2:1–21) y será completada en la venida de Cristo por los suyos (1 Tesalonicenses 4:13–18). La iglesia es un organismo espiritual único, compuesto por todos los regenerados en esta era (Efesios 2:11–3:6). Enseñamos que la continuidad de las iglesias locales está claramente definida en el Nuevo Testamento (Hechos 14:23; Filipenses 1:1). Los creyentes deben congregarse en asambleas locales (Hebreos 10:25). Cristo es la autoridad suprema de la iglesia (Efesios 1:22). Los oficiales bíblicos son ancianos (pastores) y diáconos, quienes deben cumplir las calificaciones bíblicas (1 Timoteo 3:1–13; Tito 1:5–9). Los ancianos dirigen como siervos de Cristo, y la congregación debe someterse a su liderazgo (Hebreos 13:7, 17). La iglesia está llamada a glorificar a Dios mediante la edificación en la fe (Efesios 4:13–16), la instrucción en la Palabra (2 Timoteo 3:16–17), la comunión (Hechos 2:42), la obediencia a las ordenanzas (Lucas 22:19; Hechos 2:38–42) y la proclamación del evangelio al mundo (Mateo 28:19; Hechos 1:8). Enseñamos que la iglesia debe cumplir su misión con los dones espirituales dados por Dios (Efesios 4:7–12; Romanos 12:5–8). Los dones milagrosos de señales y sanidades fueron temporales en la era apostólica para autenticar el mensaje, y ya han cesado (1 Corintios 13:8–12; Hebreos 2:3–4). Hoy, los dones de servicio edifican a la iglesia.
Enseñamos que Jesucristo volverá visiblemente y en gloria para recibir a su iglesia y establecer su reino milenario en la tierra (Hechos 1:9–11; 1 Tesalonicenses 4:13–18; Apocalipsis 20). Enseñamos que habrá una resurrección corporal de los muertos: los creyentes para vida eterna y los incrédulos para condenación eterna (Juan 5:26–29; 14:19; 1 Corintios 15:20, 23). Enseñamos que Jesucristo juzgará a toda la humanidad: a los creyentes en el tribunal de Cristo (1 Corintios 3:10–15; 2 Corintios 5:10), a los habitantes vivos de la tierra en su regreso glorioso (Mateo 25:31–46), y a los incrédulos muertos en el juicio del Gran Trono Blanco (Apocalipsis 20:11–15). Enseñamos que los creyentes disfrutarán de la vida eterna en la presencia de Dios, mientras que los incrédulos sufrirán condenación eterna (Mateo 25:46; Apocalipsis 21:1–8).